miércoles, 29 de abril de 2026

Donde la ciudad florece: los duraznales

El encuentro inesperado

Hay algo que siempre me ha conmovido de los árboles frutales, pero no fue hasta que estuve frente a un duraznero que entendí realmente por qué. No en un jardín cuidado ni en una foto bonita, sino en un lugar inesperado, casi escondido, donde su presencia parecía más un acto de resistencia que de decoración. 

Pueblo en Oaxaca, México

Recuerdo muy bien una práctica de campo que hice en Oaxaca. El paisaje era distinto a lo que estaba acostumbrada, con una diversidad impresionante. No había muchos duraznales, de hecho, eran pocos, dispersos, casi como si no quisieran ser encontrados. Pero cuando aparecían era imposible ignorarlos. No sé si era el contraste con el entorno o la sensación de haberlos descubierto, pero su belleza me pareció inigualable. No era solo que florecieran o que dieran fruto, era cómo lo hacían: con una delicadeza que parecía fuera de lugar, pero al mismo tiempo perfectamente integrada. Ahí entendí que la belleza no siempre está en lo abundante, sino en lo que resiste, en lo que permanece incluso cuando no es lo dominante. 
 
La belleza en las flores de durazno

Duraznos en la Ciudad

Desde entonces, cada vez que veo un durazno (Prunus persica) en la ciudad, lo percibo de manera diferente. En medio del concreto, un duraznero no es solo un árbol. Es una interrupción. Rompe con la lógica de lo urbano, donde casi todo está diseñado, controlado y previsto. Sus flores rosadas aparecen sin pedir permiso, suavizando el paisaje y obligándonos, aunque sea por un segundo, a detenernos. Y en ese detenerse empieza algo interesante: la relación. He visto cómo la gente se acerca, cómo cambia su forma de caminar al pasar junto a uno. Alguien se detiene a mirarlo, alguien más toma una foto, otra persona recuerda algo. A veces incluso se genera conversación: “¿Se pueden comer?”, “Yo tenía uno en casa de mi abuela”, “Huelen bien bonito”. Es curioso cómo algo tan simple puede abrir esos pequeños espacios de encuentro. 

Duraznal floreciendo en el Edo. de México

Belleza que conecta

Y creo que ahí está la verdadera belleza. 

Desde una mirada más sociológica, los árboles frutales transforman la manera en que habitamos la ciudad. No solo decoran, sino que conectan. Introducen la posibilidad de compartir, de recordar, de apropiarnos de un espacio que muchas veces sentimos ajeno. 

Una idea que se vuelve cotidiana 

Pienso mucho en aquellos duraznales de Oaxaca, en lo escasos que eran y en lo mucho que marcaban el paisaje. Tal vez por eso ahora me parecen tan valiosos los que aparecen en la ciudad. Porque no solo están ahí por belleza, sino porque alguien decidió plantarlos, cuidarlos, mantenerlos. Porque son memoria viva, incluso cuando no conocemos su historia. 

Hay una frase de Fiódor Dostoyevski que siempre vuelve a mi cabeza cuando pienso en esto: “La belleza salvará al mundo”. Antes me parecía una idea lejana, casi idealista. Hoy la entiendo de otra forma, más cotidiana. Tal vez la belleza no salva al mundo de manera grandiosa, pero sí lo transforma en pequeños momentos: en una pausa, en una conversación, en un recuerdo que se activa frente a un árbol en flor. Al final, creo que la belleza del duraznero no está solo en lo que vemos, sino en lo que despierta. En cómo, por un momento, nos hace sentir que la ciudad también puede ser un lugar más cercano, más compartido, más humano. 

Como si, entre tanto ruido, todavía hubiera espacio para florecer.

Flores de durazno

Y tú, ¿Qué ves cuando miras un duraznal?

La próxima vez que te encuentres con un duraznero en la ciudad, ¿Te detendrías?

¿Lo verías solo como parte del paisaje o como una oportunidad de conexión?

Tal vez la verdadera pregunta no sea si la belleza puede salvar al mundo, sino si todavía estamos dispuestos a reconocerla cuando aparece, silenciosa, entre el concreto.

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lunes, 20 de abril de 2026

La miel de mezquite, el oro blanco

El Mezquite

Hablar del mezquite es hablar de resistencia. Este árbol, tan común en los paisajes áridos y semiáridos de México, ha aprendido a sobrevivir donde el agua es escasa y el suelo parece poco generoso. Sin embargo, lejos de ser una especie marginal, el mezquite (antes Prosopis, ahora Neltuma) ha sido una pieza clave para quienes han habitado estas regiones. Su presencia no solo modela el paisaje, sino que también sostiene formas de vida humanas, animales y vegetales que dependen de él (Rodríguez S. et al., 2014).

Apiario rodeado de árboles de mezquite y otras especies

A lo largo del país, el mezquite ha sido aprovechado de muchas maneras. Su madera se utiliza como leña y para la construcción de cercas; sus vainas han servido como forraje e incluso como alimento humano; su resina se ha empleado en la elaboración de barnices y pegamentos, y sus flores representan una fuente fundamental de néctar para abejas y otros insectos polinizadores. Para los pueblos nómadas precolombinos, el mezquite fue una especie indispensable: alimento, combustible, medicina y refugio, todo en un solo árbol (Espinoza P. et al. 2024).

La especie de mezquite identificada en el estado de Aguascalientes corresponde a Prosopis laevigata mezquite blando, una de las especies más ampliamente distribuidas del país. Su presencia no se limita a esta región, sino que se extiende por gran parte del territorio nacional, abarcando los estados del norte, centro y sur de México, lo que refleja su notable capacidad de adaptación a distintos climas y condiciones ecológicas (Palacios R., 2006).

Hoy en día, además de su valor cultural, el mezquite es reconocido por su importancia ecológica. Forma comunidades que ofrecen refugio a la fauna silvestre, contribuyen a la retención del suelo y ayudan a frenar los procesos de desertificación. También genera espacios de recreación y paisajes característicos de las zonas áridas. A pesar de ello, en algunas regiones del norte de México, donde la ganadería intensiva domina el uso del suelo, el mezquite es considerado una maleza, una percepción que contrasta fuertemente con los múltiples beneficios que aporta.

El mezquite y las abejas: una relación dorada

Entre todos los productos derivados del mezquite, hay uno que destaca por su calidad y valor: la miel. La miel de mezquite es altamente apreciada y tiene una demanda creciente, tanto por sus características sensoriales como por su origen botánico bien definido. Su producción depende de la instalación estratégica de colmenas en zonas donde la floración del mezquite es abundante, lo que permite que las abejas aprovechen casi exclusivamente su néctar.

Bastidor con la abeja reina y obreras

Además de ser un alimento, la miel de mezquite ha ocupado un lugar importante en la medicina tradicional. En distintos registros de la medicina vernácula se mencionan usos para aliviar la laringitis, la gastritis y las afecciones oculares; también se emplea como antiséptico natural. Estos usos, transmitidos de generación en generación, refuerzan la idea de que la miel no es solo un endulzante, sino también un producto profundamente ligado al bienestar humano (García C. et al., S.f.).

Aguascalientes se ha consolidado como el principal productor de miel de mezquite en México. La miel que se obtiene en esta región suele ser de color amarillo blanquecino, rica en polen y con una cristalización fina y suave, comparable a la textura de la mantequilla. Esta miel se produce durante un periodo específico del año, que coincide con la floración del mezquite, lo que da lugar a una cosecha anual muy esperada por los apicultores.

La calidad final de la miel no depende únicamente de la planta de origen. Factores como el clima, la humedad en la colmena, las características del néctar y el manejo durante la extracción y el almacenamiento influyen directamente en su sabor, textura y estabilidad. Cada frasco de miel es, en realidad, el resultado de una compleja interacción entre planta, abeja, ambiente y apicultor.

Apiario ubicado en Aguascalientes

¿Por qué la miel de mezquite es diferente?

Una de las razones por las que la miel de mezquite es tan especial es su origen botánico. Las mieles pueden clasificarse en monofloral, multifloral o de mielada, según las plantas que aportan néctar o secreciones azucaradas. Para que una miel sea considerada monofloral, el polen característico de una sola especie vegetal debe representar al menos el 45 % del contenido total. Este porcentaje se determina mediante estudios melisopalinológicos, en los que se analiza el polen presente en la miel y se compara con el de las flores de la región.

La miel de mezquite cumple con estos criterios. Su composición es particular: contiene un alto porcentaje de fructosa (alrededor del 80 %), entre 15 y 18 % de agua, potasio en concentraciones importantes y micronutrientes como sodio, calcio y vitamina B9. Esta combinación explica su sabor extremadamente dulce, su color claro y su tendencia a cristalizar de manera rápida, homogénea y fina.

Comparación de colores entre una miel multifloral y una monofloral de mezquite

Un encuentro personal con el “oro blanco”

Mi interés por la miel de mezquite nació en 2022, durante un trabajo de campo en Aguascalientes, donde hice pruebas de comportamiento en colmenas. Los apiarios se encontraban rodeados por extensas zonas dominadas por mezquites, y el apicultor con quien trabajé trasladaba sus colmenas a sitios cercanos donde la floración de esta especie podía aprovecharse mejor.

Fue ahí donde probé por primera vez la miel de mezquite. Acostumbrada a las mieles multiflorales del Estado de México, de tonos ámbar y sabores florales, esta miel me sorprendió por completo. Era clara, casi blanquecina, con un aroma muy suave y un dulzor intenso que perduraba en el paladar.

Lo que más llamó mi atención fue su cristalización. Nunca antes había visto una miel cristalizar de esa forma tan uniforme y cremosa. Ese viaje no solo me permitió conocer un nuevo tipo de miel, sino también aprender sobre el comportamiento particularmente pasivo de Apis mellifera en la región, comportamiento asociado a las características genéticas. Era posible estar dentro de los apiarios sin el equipo de protección completo, observar el manejo de las abejas y de las reinas, y entender por qué el principal producto cosechado allí era una miel tan valorada, obtenida solo una vez al año.
 
Manejo de cámaras de cría: celdas de abejas reina

Respuestas que llegan con el tiempo

Con el paso del tiempo, las preguntas que me surgieron en ese viaje comenzaron a responderse: ¿por qué esta miel es tan cara?, ¿qué la hace distinta a otras? La respuesta está en su origen botánico bien definido, en su clasificación como miel monofloral, en sus características fisicoquímicas y en sus componentes nutracéuticos, que, en conjunto, garantizan su calidad. 

La miel de mezquite no es solo un producto apícola; es el reflejo de un ecosistema, del conocimiento tradicional y del trabajo cuidadoso entre humanos y abejas. Por todo esto, no es exagerado llamarla el “oro blanco” de las zonas áridas de México.

Ahora que sabes que existe una amplia variedad de mieles, entre ellas esta miel monofloral tan especial, ¿te animarías a probarlas y descubrir cómo el origen botánico transforma su sabor, aroma y textura? Quizás lo encuentras en algún mercado, tianguis o tienda especializada en mieles cerca de tu casa.

 

Fuentes consultadas: 

Espinosa-Plascencia, A., & Huerta-Ocampo, J. Á. (2024). Aprovechamiento agroecológico y alimentario del mezquite: una revisión. Ingeniería en Industrias Alimentarias, 1(2), 36–40. 

García Chávez, C., Ramos Arredondo, L. E., Jasso Barbosa, G. N., Hernández Medina, R. G., & Ávila Ramos, F. (s. f.). Miel de mezquite: características y su uso cicatrizante. Jóvenes en la Ciencia, 28. ISSN 2395-9797.

Palacios, R. A. (2006). Los mezquites mexicanos: biodiversidad y distribución geográfica. Boletín de la Sociedad Argentina de Botánica, 41(1-2), 99-121. 

Rodríguez Sauceda, E. N., Rojo Martínez, G. E., Ramírez Valverde, B., Martínez Ruiz, R., Cong Hermida, M. C., Medina Torres, S. M., & Piña Ruiz, H. H. (2014)Análisis técnico del árbol del mezquite (Prosopis laevigata Humb. & Bonpl. ex Willd.) en México. Ra Ximhai, 10(3), 173–193.
 

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